Te Deum de accion de gracias, Papa León XIV

Liturgia de las Primeras Vísperas de Santa María Madre de Dios

La celebración de las Primeras Vísperas de la Solemnidad de Santa María Madre de Dios nos invita a contemplar la riqueza espiritual de este misterio que la Iglesia celebra en el umbral del nuevo año.

Las antífonas del salmo y del Magníficat nos recuerdan el acontecimiento paradójico y maravilloso: Dios nace de una Virgen, y al mismo tiempo reconocemos la maternidad divina de María. Esta solemnidad, que concluye la octava de Navidad, se convierte en un puente entre el año que termina y el que comienza, extendiendo sobre el tiempo la bendición de Aquel que era, que es y que viene.

En Roma, al final del Jubileo y junto a la tumba del apóstol Pedro, el Te Deum resuena como acción de gracias por los dones recibidos y como súplica confiada para el futuro.

La lectura bíblica proclamada nos ofreció una síntesis sorprendente del apóstol Pablo: el misterio de Cristo como centro de la historia. En Él se revela el designio de Dios, misterioso pero claro, que consiste en recapitular en Cristo todas las cosas, las del cielo y las de la tierra.

En nuestra parroquia María Auxiliadora, queremos unirnos a esta celebración con espíritu de gratitud y esperanza. Que el inicio del nuevo año nos encuentre con el corazón abierto a la gracia, confiando en la intercesión de la Madre de Dios y en la certeza de que Cristo es el Señor del tiempo y de la historia.

A ti, oh Dios, te alabamos,
a ti, Señor, te reconocemos.
A ti, eterno Padre,
te venera toda la creación.
Los ángeles todos,
los cielos y todas las potestades te honran.
Los querubines y serafines
te cantan sin cesar:
Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios del universo.
Los cielos y la tierra
están llenos de la majestad de tu gloria.
A ti te ensalza
el glorioso coro de los Apóstoles,
la multitud admirable de los Profetas,
el blanco ejército de los mártires.
A ti la Iglesia santa,
extendida por toda la tierra, te proclama:
Padre de inmensa majestad,
Hijo único y verdadero, digno de adoración,
Espíritu Santo, Defensor.
Tú eres el Rey de la gloria, Cristo.
Tú eres el Hijo único del Padre.
Tú, para liberar al hombre,
aceptaste la condición humana
sin desdeñar el seno de la Virgen.
Tú, rotas las cadenas de la muerte,
abriste a los creyentes el reino del cielo.
Tú te sientas a la derecha de Dios
en la gloria del Padre.
Creemos que un día
has de venir como juez.
Te rogamos, pues,
que vengas en ayuda de tus siervos,
a quienes redimiste con tu preciosa sangre.
Haz que en la gloria eterna
nos asociemos a tus santos.
Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice tu heredad.
Sé su pastor
y ensálzalo eternamente.
Día tras día te bendecimos
y alabamos tu nombre para siempre,
por eternidad de eternidades.
Dígnate, Señor, en este día
guardarnos del pecado.
Ten piedad de nosotros, Señor,
ten piedad de nosotros.
Que tu misericordia, Señor,
venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.
En ti, Señor, confié,
no me veré defraudado para siempre.